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(Re)Descubrir la Universidad

Siempre quise escribir. O eso me dice ella, mi madre. Yo le digo que no, mamá, que yo empecé a escribir para ver si José María se fijaba en mí. No digas tonterías, a José María le conociste en primero de bup (pronunciado bu’) y yo tengo cuentos tuyos de cuando eras mucho más pequeña.

Yo creo que mi madre confunde años y fechas. Es normal. Ha tenido dos hijos y cada uno de ellos se ha estrellado y recompuesto las veces necesarias para llegar a convertirse en adultos. Mi hermano, por ejemplo, es hoy un ser humano maravilloso, maestro, padre y marido, del que me siento tan orgullosa que voy a tener que inventarme una palabra para describirlo. Quién lo hubiera dicho entonces, cuando era un niño asustado. Y mírale ahora, dándome empujones cuando soy yo la que me muero de miedo.

Mi primer cuento lo escribí (aunque mi madre diga que no) a los catorce años. Yo no sabía cantar, ni tocar la guitarra, ni maquillarme las pestañas ni, muchísimo menos, andar con tacones. Por eso pensé que, para que José María se fijara en mí, lo mejor era escribir un cuento para el I Concurso de Relatos de Semana Santa de mi pueblo. Y ganarlo, porque si no el plan hubiera sido una auténtica chapuza. El premio era un pongo para poder decorar el salón de mis padres y que ellos se sintieran orgullosos de que su hija pequeña hubiera ganado tan hermoso ornamento. El concurso lo gané con un cuento que versaba sobre un enfermo mental que pretendía mantener una relación amorosa con la virgen de una de las procesiones más emblemáticas de mi pueblo. Aún hoy me pregunto si me dieron el premio porque pegarme una paliza estaba considerado delito.

Después de ese concurso vinieron otros, y con ellos la firme convicción de que quería trabajar en algo que me permitiera juntar letras. Por eso estudié Periodismo, porque en aquel entonces pensaba que los periodistas tenían más de escritores que de títeres. Algunos profesores me dijeron que debía quedarme en la universidad. No se referían a que repitiera curso, sino a que yo impartiera alguno. Por eso, después de Periodismo vinieron los cursos de Doctorado en Comunicación y Propaganda y el Máster en Historia y Estética de la Cinematografía en Valladolid. Fue entonces, y no antes, cuando supe que quería escribir ensayo. La tesina, comunicaciones en congresos, artículos. Los que han pasado por esto ya saben a lo que me refiero cuando digo que engancha de una manera indescriptible.

En los últimos años he escrito más páginas de ensayo que de ficción. Fernando a veces me regaña y me pregunta por aquella novela que dejé escrita a cachos en ficheros de word y libretas con una marca de agua publicitaria. Y yo le digo que cuando acabe la tesis la recompongo. Pero cuando acabe la tesis le diré que cuando acabe un artículo, un capítulo o un libro. Ahora mismo, la universidad me parece un sitio mucho más habitable que una estantería de la Fnac. O a lo mejor es solo que tengo miedo de haber olvidado cómo se juntan las letras. Tendré que llamar a mi hermano para que me dé un empujoncito.

Mientras tanto, la semana que viene quiero (re)descubrir la universidad. Esta maravillosa isla tiene su University of Malta y, entre el 14 y el 19 de marzo, organizan su jornada de puertas abiertas. Olvidaré que he sido profesora para volver a ser alumna. Hay muchas clases que quiero tomar y muchas actividades de las que quiero disfrutar, todas ellas en inglés y todas ellas gratis. Porque aquí piensan que la universidad es por y para todos. Fíjate tú qué cosas.

 
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Publicado por en 8 marzo, 2011 en Universidad

 

Sobre Alfons Mucha

La primera vez que Alfons Maria Mucha apareció en mi vida yo debía tener catorce o quince años. El profesor de dibujo de mi instituto era un loco maravilloso al que nos gustaba ir a ver en los descansos entre clase y clase. Siempre tenía una estridencia con la que motivarnos una sonrisa (a veces histriónica, a veces amable y otras, las menos, amarga). Se llamaba José, pero nosotros siempre le llamamos Pepe el Indio, porque le gustaban mucho los indios americanos y así lo expresaba con la decoración de su aula y en las conversaciones que teníamos entre clase y clase.

Además de su amor por los habitantes originarios de la América del Norte, Pepe el Indio amaba con absoluta pasión el arte, a veces muy reconocido y otras veces un tanto ignorado. Era habitual llegar a verle en los descansos y que nos descubriera un pintor nuevo, de los que no estudiábamos en la clase de Historia del Arte. No nos daba ninguna lección. La mayoría de las veces solo nos enseñaba una ilustración y nos preguntaba: “¿No notáis cómo se os erizan todos los vellos de vuestro cuerpo? Eso os pasa porque esto es bueno, bueno de verdad”.

A través de sus ojos descubrí a Gustav Klimt, a Edward Hopper, a Amedeo Modigliani y también a Alfons Mucha.

La segunda vez que me encontré con Mucha fue gracias a Ernesto, un amigo y compañero de batallas en esto de conjugar el verbo educar. Ernesto, tan grande y tan generoso, había llevado a nuestros alumnos norteamericanos a ver una exposición de Mucha en el Caixa Forum de Madrid. Luego, como regalo, me contó qué había en la exposición y qué había visto él (estos dos verbos raramente coinciden). Nunca le di las gracias por ello (quizá este sea un momento tan bueno o malo como cualquier otro).

La tercera vez que Mucha se cruzó en mi camino fue esta misma mañana, en Valletta, la capital de esta isla que me ha robado el corazón. Habíamos ido hasta allí para tratar de realizar algunas gestiones pendientes y atravesábamos las calles sin disfrutar apenas del bullicio, cuando me topé con un cartel enorme con una de las mujeres de Mucha y una inscripción: “Alphonse Mucha Exhibition. In Quest of Beauty. 26 February – 15 May 2011”. Estaba en la puerta del Museo Arqueológico Nacional y entré a preguntar el precio. La exposición de Mucha y la entrada al Museo, 5 €. Esta mañana teníamos gestiones que hacer pero, sin ningún tipo de duda, volveré a la capital un día de estos para dedicárselo a Mucha, a las calles de Valletta y a recordar a las personas que me descubrieron al artista checo.

 
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Publicado por en 1 marzo, 2011 en Exposiciones

 

Pequeña introducción

 

A Robinson Crusoe nada le entusiasmaba tanto como el mar. A mí me entusiasma el cine, el jazz, el vino compartido y una buena vianda. Sin embargo, como Robinson, también yo necesitaba el mar para seguir viviendo. De un tiempo a esta parte notaba que me faltaba el aire y que me asfixiaba en los atascos de la M30, de la M40, de la M45, de la A-II y de su… Por eso me vine a Malta, para tratar de recuperar el oxígeno perdido. De momento, he vuelto a inspirar y a espirar. Todo marcha viento en popa.

 
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Publicado por en 27 febrero, 2011 en Malta

 
 
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